Posterous theme by Cory Watilo

33 Puertas

Siempre sentí fascinación por esa casa.

 

Cada vez que viajaba a San Juan de la Maguana, la cual fuera una floreciente ciudad de la República Dominicana  a sólo unos pocos kilómetros de la frontera con Haití, caminaba alrededor de esta casa tomándole fotos desde la calle.

 

Lo que más me intrigaba no era ni el tamaño de este edificio de madera amarilla ni la lujosa e inmoderada figura espartana, sino el número absurdo de puertas que tenía, tanto en el piso bajo como en el alto.

 

Yo trataba una y otra vez de contar todas las puertas, pero de manera extraña siempre perdía la cuenta.

 

Un día, durante una estadía larga en San Juan, decidí entrar a la tienda del piso de abajo que estaba casi vacía. Me introduje y pregunté si alguien me permitía ver y posiblemente fotografiar este mastodonte amarillo.

 

Este fue mi primer encuentro con Georgette Michelén, una encantadora señora quien nació en esa casa y cuyo deseo firme siempre ha sido el seguir viviendo allí hasta su muerte.

 

Georgette y yo tuvimos empatía inmediatamente. Ella, de manera entusiasta, empezó a contarme las historias sobre esa casa; sobre su padre, quien la construyó a principios del siglo 20 y sobre su larga familia de orígen árabe. También sobre su carrera musical y sobre muchas cosas más.

 

Cuando salí de la casa ese día ya era tarde y mi cabeza daba vueltas con fascinantes historias de una cotidianidad perdida, de un tiempo cuando el tiempo corría más despacio, cuando no había internet o teléfonos celulares y de cuando una casa podía ser construída con cuarenta y dos puertas.

 

Yo seguí visitando a Georgette casi todos los días por más de un mes. Nos hicimos realmente amigos y llegué a conocer sus familiares: su hermana Ivonne, sus sobrinos Isaac y Armando, quienes viven todavía en la casa con su madre, a Juana quien es la hija adoptiva de Georgette, una talentosa músico quien creció en esta casa y ahora vive cerca.   

 

Desde que era niño siempre escuché de casas encantadas, lugares donde uno podía sentir la “presencia”, cierto vestigio de vidas pasadas o eventos. Nosotros usualmente asociábamos este espíritu con algo tenebroso o negativo o al menos inquietante. Aquí yo podía percibir el pasado como si se estuviera poniendo al alcance para que yo lo pudiera experimentar a través de los sentidos normales. Yo podía oler el pasado; lo podía oler; lo podía tocar.

 

Esta casa estaba, sin duda alguna, viva.

 

Es uno de los últimos ejemplos de arquitectura republicana dominicana y fue construída alrededor de 1910 en San Juan de la Maguana por el padre de Georgette, un exitoso hombre de negocios quien emigró desde Belén a Haití a finales de los 1800 y eventualmente terminó asentándose en la República Dominicana.

 

Me dijeron que la gente la llamaban “La Casa del Sol”, un nombre que también identificaba la tienda que una vez fue tan exitosa localizada en la planta baja.

 

Mientras me daban aceso libre para tomarle fotos a todas las esquinas y lugares de este edificio, pronto empecé a considerar esta casa como un enorme aminal histórico.

 

La Casa del Sol fue enteramente creada por un maestro de construcción de la época, un señor llamado Prince, inmigrante de las antillas holandesas usando solamente las maderas locales más añejas y fuertes.

 

Toda la madera fue cortada, moldeada, ensamblada y pintada a mano.

 

Naturalmente, así como un cuerpo viviente, la casa siente sus cien y tantos años y está llena de achaques, enfermedades y dolores. Sin embargo, está viva.

 

Asombrosamente, esta estructura de madera es tan fuerte y tan resistente que pareciera haber podido parar el curso de la historia. El tiempo, de muchas maneras, se detuvo aquí.

 

Esta casa realmente me hizo pensar en un enorme animal que rechazó el extinguirse y continúa viviendo resistiendo las fuerzas del progreso y el paso del tiempo gracias a su enorme masa y su gran fortaleza.

 

Así como una centenaria ballena o elefante, su piel está llena de cicatrices y de microorganismos que sobreviven y que prosperan en ella.

 

Esta casa, a pesar del brutal clima tropical y de la falta casi total de mantenimiento es una obra maestra de arquitectura .

 

Aún así, esta casa podría fácilmente seguir existiendo por cientos de años más, pero, dado a la ceguera y al descuido de los empresarios y politicos locales quienes miden el valor de la propiedad por el valor de la tierra donde está construida, puede muy bien suceder que en un futuro cercano, ellos inteligentemente condenen esta casa como insegura y que la destruyan.

 

Georgette está ferozmente luchando contra esto, pero sus recursos son limitados, así como también los mios.

 

La Casa del Sol se presta para convertirse en una galería de arte maravillosa, teatro, escuela de música o residencia para artistas.

Georgette y yo hemos discutido en detalle su sueño de que este libro se pueda convertir en un instrumento para conseguir ayuda, ya sea de una persona o de una institución de arte o sin fines de lucro que esté dispuesta a comprar La Casa del Sol, renovarla y utilizarla como un espléndido espacio para un retiro académico o un centro cultural.

 

Realísticamente hablando, yo con este libro quiero preservar la memoria de este lugar increíble al menos con mis fotos y con las memorias de Georgette, las cuales cuidadosamente he transcrito y editado a partir de muchas horas de grabaciones de sonido.

 

Georgette sigue soñando que a través de estas imágenes, alguien con los recursos económicos y aún más, con la visión de salvar esta casa, haga realidad su sueño.

 

En lo personal, temo el regresar a San Juan de la Maguana y en aquella esquina, donde había un maravilloso edificio, encontrar una monstruosa edificación de vidrio y concreto puesto sin cuidado en su lugar.